peregrine ['perəgrən]

coming from another country; wandering, traveling, or migrating

 

 

Los huesitos de mamá

Los huesitos de mamá

Rita Wirkala

El licor de anís me recuerda invariablemente a las hermanas Delfino. Ellas nos lo servían en unas copitas elegantes a mi prima y a mí cuando, de niñas, las visitábamos.

Las hermanas vivían en las afueras del pueblo, allá donde comenzaban los trigales y los campos de pastoreo. Eso fue hace décadas, antes de que acabaran con el trigo, el girasol, el lino y el maíz a fin de plantar la hoy ubicua soja; y antes de que se alimentara a las vacas en los feedlots, más redituables.

Las llamábamos la tía Serafina, o tía Fina, y la tía Immacolata, o tía Ima.  No eran tías mías, sino de mi prima Alicia, pero, por el parentesco, nosotras dos teníamos derecho a entrar y salir de su propiedad o, más bien, de su patio, sin llamar a la puerta. A veces íbamos cuando, durante nuestras correrías por esos confines del poblado, necesitábamos el baño que, en aquella casa, era un excusado en el patio, es decir, un agujero sobre una pequeña plataforma, y que sus dueñas llamaban “sanitario”.

En esas ocasiones solían invitarnos a entrar en la sala. Entonces nos mostraban todas las fotos de la familia colgadas de la pared. A veces sacaban a relucir una escopeta que tenían guardada y que decían ser “de nueve milímetros”, lo cual para nosotras era un error inconcebible, porque parecía bien larga. Por alguna razón, habrán pensado que el hecho de mostrárnosla sería edificante para dos niñas, que algún día llegarían a ser mujeres.

Después abrían la cristalera y aparecían el licor y las copas diminutas. Lo tomábamos a sorbos lentos, como si fuera el elixir de los dioses. La tía Ima era la más generosa, y siempre nos ofrecía una segunda ronda. La Serafina, como era la mayor y, por tanto, administraba el dinero y los gastos de la casa, se mostraba a menudo más parsimoniosa. Su excusa era que, con apenas diez años, el alcohol nos podía subir a la cabeza. Algunas veces pasó, no muchas.     

Pero la principal atracción no eran las fotos ni ese licor que nos quemaba el esófago, sino un ombú que se erguía en el patio, ese árbol colosal de la pampa, que ni llega a ser árbol sino gramínea gigante, donde mi prima y yo comulgábamos con el mundo natural, acurrucándonos en los huecos de sus voluptuosas raíces.

Las Delfino, por contraste, no eran voluptuosas como su ombú, sino más bien delgadas y altas como dos cipreses, esos árboles de los camposantos a los que es imposible trepar. Pero la gente prefería darles el epíteto de “secas”, o “secas como bacalao en salmuera”.

La mayor virtud de las hermanas era la pulcritud.  Ambas se vestían de negro; no por viudas, ya que nunca habían disfrutados de los placeres del matrimonio o, como ellas decían, padecido los desplaceres de los hombres, seres desordenados y mugrientos. El negro, en cambio, se debía al luto que guardaban desde que su madre murió, y que nunca abandonaron. Negras eran sus faldas, negras las camisas bordadas, negras las medias de muselina del invierno y las mantillas de la iglesia, a la que acudían diariamente para la misa matinal. También negros eran el cabello, los ojos y las espesas cejas sicilianas.

Una vez al mes, las hermanas se encaramaban en su Ford T, también negro—una reliquia ya en ese tiempo—y recorrían el kilómetro y medio que distaba el cementerio con el sano propósito de limpiar el panteón de la familia. Cuando la madre murió, la habían enterrado en un cajón barato, de pino, en una fosa en la tierra. Por ese entonces, aunque el padre había heredado algo de campo, no eran ricos para nada. Pero al final de la década de los cuarenta, cuando los agricultores ya habían hecho fortuna con las exportaciones de carne y trigo a los países europeos en la guerra, el hombre se sintió más próspero. Ya no se agachaba en los surcos sudando la gota gorda como antes. Llegó a comprar una trilladora y una cosechadora y a tener una abultada cuenta bancaria. Y, consciente ya de su propia mortalidad, mandó construir en el cementerio un mausoleo, que allá le llaman panteón, como hacían todas las familias medianamente pudientes, donde reposaban los miembros de la misma prole. Como es sabido, allí los cuerpos no se descomponen tan rápido como en los cajones de las tumbas comunes. Y tampoco confraternizan con otros esqueletos plebeyos de un cualquier hijo de vecino en las fosas cavadas en la tierra.    

Cuando la construcción estuvo lista, trasladaron los restos de doña Delfino, que a esta altura eran meros huesos y, con la debida ceremonia, los guardaron en una urna que fue puesta en el pequeño altar del panteón. Don Delfino murió unos años después, y fue a ocupar su lugar en un ataúd de lujo contra la pared izquierda. Aún sobraban dos plazas destinadas a las hermanas, cuando les llegara la hora, en las dos plataformas de cemento de la pared derecha, una sobre la otra, como las literas de los barcos.

Este panteón era una edificación blanquísima y no opulenta como otras, pero con un ostentoso portal de madera labrada, atiborrada de ángeles. En cada visita mensual las hermanas seguían una rutina establecida. Al entrar, abrían la pequeña claraboya redonda y quitaban las telarañas del techo que se extendían entre los querubines y otros ornamentos de yeso. Luego limpiaban el piso y daban una sacudida con el plumero al ataúd del padre que se empolvaba con cada barrida. Después sacaban brillo a los candelabros de plata y pasaban un trapo por el altar y los varios santos del profuso olimpo católico. Y por último se dedicaban a pulir la urna de la madre, una especie de jarrón con tapa. Pero este siempre les daba problemas. El material, que no era del mejor, se resistía al jabón y a la esponja. La humedad del lugar hacía emerger una película blanca como de moho, a los cinco minutos de haberlo limpiado, y las malditas manchas volvían a surgir como por ensalmo.        

En una de estas visitas, después de limpiar, prender las velas y rezar un rosario completo, las hermanas decidieron, de común acuerdo, acabar con las inútiles fregadas de la urna y comprar otra de un material decente. 

—De mármol de Carrara—propuso Ima.

—Es muy caro—respondió su hermana—. Que sea mármol blanco de la China, que es bueno, pero más barato.

Y como la Fina era quien firmaba los cheques y llevaba la voz cantante, la urna sería de mármol chino.

Por ese entonces mi padre había cerrado la tienda, que ya vendía poco y nada, y conseguido un trabajo de representante de una casa de sepelios. Su catálogo incluía fotos de féretros y lápidas para nichos o tumbas, de bronce o mármol, algunas con el pequeño recipiente en relieve donde se ponen flores y agua. El trabajo del grabado de los epitafios en las lápidas estaba incluido en el precio. Los deudos podían mandar el texto, o aceptar uno sugerido por el vendedor. Me daba gusto inventar frases que mi padre podía usar en sus ventas, tales como Vivirás en nuestro corazón…Aquí descansa en la paz del Señor… Duerme aquí su eterno sueño… etc. Algunas llegaron a ser utilizadas. Me enorgullece poder decir que estos fueron mis primeros trabajos publicados. Pero, volviendo al catálogo, este también contenía fotos de hermosos cofres y ánforas de variados materiales en los que se guardaría ya sean los restos óseos de los finados o sus cenizas. Las Delfino querían una urna de la mejor—o casi de la mejor—calidad posible, y esto era una buena noticia para mi padre, que ganaba un porcentaje de la facturación.

Recuerdo el día en que eligieron una del muestrario, y también el día en que el comisionista la trajo de la ciudad. Quien le había encargado la encomienda fue la Ima, porque el tipo le tenía ojeriza a su hermana. Decía que era tacaña y desconfiada.

Al día siguiente de la llegada de la urna las hermanas se subieron al Ford T y se marcharon directas al cementerio. Ima manejaba, como siempre, y la Serafina pasaba las cuentas del rosario mientras murmuraba sobre cuánto había disminuido la cuenta bancaria después de ese extravagante, aunque necesario, gasto. Esa capacidad de atención múltiple era una de sus habilidades mentales.  Encontraron el camposanto vacío, ya que era un día de semana. Esto las alegró; no toleraban curiosos. Este y otros detalles los sé porque me los refirió mi prima, y ella los escuchó de su madre, quien lo supo de la propia boca de la Serafina durante el velatorio de su hermana Immacolata.

Dijo que estacionaron el Ford T cerca del muro del cementerio, bajo un sauce llorón; abrieron los portones de hierro labrado y se internaron por la callejuela que llevaba al panteón familiar. La urna habría sido pesadísima, pero las hermanas, aunque flacas, no eran débiles. Tenían fibra, como quien dice, y determinación. Me las imagino andando y transpirando entre cruces plateadas y tumbas blancas, con sus largas faldas negras, portando entre las dos ese jarrón de mármol por más de doscientos metros. Yo conozco bien el sitio, y sé dónde están los Delfino, porque para el Día de los Muertos, cuando la gente del pueblo iba a poner flores frescas a sus difuntos, mis amigas y yo jugábamos a las escondidas entre las tumbas y los panteones.

Aquel día, Ima abrió la puerta del panteón y a su hermana le disgustó el chirrido de las bisagras. Le dio un mal presentimiento. La Serafina encendió la linterna y tiró del cordel que descorría la claraboya. La luz entró a raudales. Luego encontró los fósforos y las velas. Prendió seis velas y pronto el lugar quedó envuelto en esa extraña luminosidad, cuando los haces de luz de las candelas se conjugan con la luz natural.

Entonces pusieron manos a la obra. Se persignaron repetidamente. Sin perder más tiempo, la Ima primero sacudió un poco la vieja urna y una sonajera de huesos insepultos le indicó que todavía no eran polvo. ¡Enhorabuena! Retiró la tapa, comenzó a extraer uno a uno los restos óseos de su difunta madre, y los fue colocando uno al lado del otro, encima del altar.

Aquí debo hacer una aclaración para no ser acusada de inventar historias. Lo cierto es que la Serafina no explicó si ella vio o no el anillo brillar entre la osamenta en aquel momento, por eso no puedo afirmarlo. Solo contó que al cabo de pocos minutos su hermana Ima comenzó a estornudar. Un insidioso polvillo se le estaba metiendo en la nariz.

—Esto está hecho un asco, Fina—comentó la Ima—. Hay que lavarlos.

Su hermana concordó. No podía haber sido de otra forma: los huesos estaban como carcomidos, llenos de agujeritos y cubiertos de unos residuos como esos que dejan las polillas cuando atacan alguna prenda en el ropero. No era digno de ellas ignorar este aspecto. Y como siempre, diligente y esforzada—y nadie puede negarle estas virtudes—la Serafina se ofreció a buscar un balde con agua, que siempre existen en los cementerios para los floreros, y una toalla que tenían en el Ford T.       

Cuando retornó al panteón, Ima ya había puesto las piezas óseas en el suelo, encima de una mantilla. Se dispusieron entonces a lavarlas, una por una.

—¿Y no les dio una… cómo diré… sensación desagradable, hacer todo esto? — preguntó la mamá de Alicia en cuanto escuchaba la historia que la Serafina le contaría más tarde.

—No, no. Al final, es la madre de una, no un esqueleto cualquiera—le aseguró la Fina—. Además, querida, del polvo venimos y al polvo… ya sabes.  Pero te cuento que estaban bien roñosos los huesos. Y yo le dije a mi hermana: “Ima, por el amor de Dios, aquí hay que hacer un buen trabajo”. 

Y así comenzaron su meticulosa tarea de higiene. Ima le alcanzaba los huesos de a uno, la Fina los sumergía en el balde, los sacudía un poco, y se los devolvía a su hermana, quien los secaba con la toalla y los colocaba en la nueva urna encima del altar. En ese funesto silencio ni siquiera se oía un leve clac-clac, porque Ima era muy cuidadosa cuando los tomaba entre esos dedos de ella, tan finos como alas de pájaro, y los acomodaba en su flamante jarrón mortuorio. Lo más trabajoso fueron los huesitos de las manos y los pies. “¡No acababan nunca!” contaba la Fina. Cada tanto tenían que cambiar el agua del balde, porque se ponía espesa. Al cabo de una hora, cuando terminaron la tarea y se sentaron en el piso para un merecido descanso, a la Fina se le cruzó una imagen por la cabeza.

—¿No fue que a mamá la enterraron con la alianza matrimonial, Ima?

—No sé, Fina, pero la hubiéramos visto aquí, ¿no te parece?  

—Supongo que sí…

Las hermanas dieron por finalizada la macabra tarea. Y conste que lo de macabra es una adición mía; para ellas era apenas un santo deber de amor filial y pulcritud.

Días más tarde, en ausencia de Ima, la Serafina sacó de un armario el álbum de fotografías de la familia. Allí encontró la foto de su madre en el ataúd, con su vestido de encajes y un buqué de flores de seda. Y comprobó lo que ya circulaba por el silencioso laberinto de su memoria: el anillo de oro con sus piedritas de brillantes relucía claramente en el dedo anular. Consultó con el señor Di Celio, el dueño de la casa fúnebre. Este le dijo que él mismo había supervisado la transferencia de los restos del ataúd original, y que el anillo todavía estaba en el correspondiente metacarpo de la mano izquierda de la difunta, aunque un poco suelto, por supuesto, cuando cerraron la urna. Imposible cuestionar su probidad. Era hombre de iglesia, paisano de su padre, gente honrada, además de rico. No se iba a ensuciar por poco. Y además no estaba solo, hubo testigos. No, no podría haber sido ni él ni sus ayudantes. Solo cabía una abominable respuesta al enigma: Ima había quedado a solas con los huesos de la progenitora cuando la Fina había ido por agua, tiempo suficiente para… ah, el pensamiento era tan feo que se le ponía la piel de gallina. Y lo rechazaba tan pronto como brotaba en su mente. Sin embargo, comenzó a obsesionarla, sin tregua.

Desde ese día se dedicó a observar a su hermana, y notó que rezaba más, y que el nivel de la botella de licor de anís bajaba en proporción a la frecuencia de sus oraciones. Y que en dos ocasiones esa semana había desaparecido por la tardecita y llegado de noche, con la excusa de haber ido a repartir estampas de la Virgen, y otras historias piadosas mal contadas, con cierta luminosidad en los ojos, y un rojo más vivaz en los labios, que contrastaba con su usual opacidad. Decidió seguirla.

Debió de ser en julio o agosto, porque hacía frío. Se puso un pantalón overol de mecánico, una chaqueta de su finado padre y un sombrero; montó en su bicicleta y se escurrió entre las sombras del ocaso temprano en esa tarde de invierno, evitando la luz macilenta de los faroles de las esquinas. No es cosa fácil andar de incógnito en un pueblo. Cuando no hay gente por las calles, hay mirillas en los postigos y ojos curiosos. Y cuando no hay mirillas, hay alcahuetes y alcahuetas.  Una de esas alcahuetas era la vieja Fiorella. Las hermanas conocían bien a la doña, porque una vez, cuando se cayó medio ebria dentro de una zanja llena de agua y sapos, las dos la socorrieron y se la llevaron a su casita, la lavaron y la dejaron pulcra durmiendo la mona en su cama. Fue un acto de caridad cristiana.

¡Y ahora resulta que la Immacolata estaba yendo a la casa de la vieja harpía sin contarle nada a ella!

La Fina se apostó en un lugar donde pudiera vigilar la casa y, amparada por la penumbra que ya a esa hora disimulaba el contorno de las cosas y la gente, esperó. Y esperó, y esperó, ardiendo de ansiedad. Gracias a Dios traía su rosario, que le llenaba los minutos y le entretenía los labios. Ya eran como las ocho cuando vio salir a su hermana por la puerta de enfrente. Algo le hizo seguir allí parada, mirando esa puerta, que bullía de posibilidades. Al cabo de un par de minutos, una silueta masculina emergió, no por tal puerta, sino por la trasera. Era el comisionista.

La adrenalina explotó por las venas de la Serafina, y su mente se puso a trabajar, frenética, imaginando los varios motivos de este encuentro obviamente clandestino y sopesando sus probabilidades. Pero todas las alternativas giraban en torno a dos, una peor que la otra: La primera era que Ima estaba negociando el anillo con el comisionista y tratando de sacarle el mejor precio. Esto era inadmisible. ¿Para qué querría su hermana el dinero? Es cierto que la Fina, en su función de estricta administradora, se lo mezquinaba un poco, porque ese era su deber. ¡Pero tampoco le faltaba nada a la Ima! La otra opción era que los dos …Un sobrevuelo de imágenes pornográficas tomó posesión de su cerebro, y la enfureció. ¡Eso sí que era impensable! Era tan tremendo que de solo figurárselo ya le daban náuseas. Voló a su casa echando pestes y pedaleando como alma que lleva el diablo para llegar antes que su hermana. Se metió en el cuarto, se cambió la ropa y luego salió disimulando su furia con un pañuelo en la boca y una tos fingida. Iba a preparar la cena.

Esa noche, la hermana mayor consiguió a duras penas sofocar el volcán que llevaba adentro. Cenaron en silencio, un silencio espeso, eléctrico. La Fina no podía achacarle ninguna falta sin pruebas. Tampoco se animaba a preguntarle a su hermana, así, a boca de jarro, a qué se debía el encuentro. No quería que Ima la retrucara acusándola de espionaje barato. Tenía que actuar con calma e inteligencia. Su premonición, que a menudo se encendía como un faro en medio de la tiniebla cuando visualizaba catástrofes, la llevó a la acción inmediata. Ni bien escuchó roncar a Ima, la Serafina se puso una bata de lana que ya hacía rato delataba el paso del tiempo, tomó la linterna y, presa de una feroz determinación, se fue a la calzada donde dejaban el tarro de la basura. Había estado allí toda la semana. Al día siguiente pasaría el basurero. Arrastró el tacho hacia adentro, lo ocultó detrás del ombú y, protegida por el ancho tronco de la remotísima posibilidad de que Ima abriera la ventana, escarbó entre los restos de comida—yerba mate, cáscaras de papas y de huevos, huesos de gallina y otras menudencias, lo poco que las espartanas mujeres arrojaban a la basura. No fue difícil encontrar lo que buscaba, pues era lo único envuelto en un papel de diario: la prenda incriminadora.

¡Ave María Purísima! ¡Ahora no había dudas! ¡Los calzones de su hermana estaban manchados de sangre! Y no era sangre de menstruación, porque el período de las dos no estaba ni cerca. Lo sabía porque en eso siempre andaban sincronizadas, día más día menos.

¡Su hermana había perdido la virginidad!

Serafina rezó con rabia, se guardó las bragas de su hermana en el bolsillo de la bata de lana y se metió en la casa. Esa noche no pegó los ojos. Se la pasó revisando mentalmente los siete pecados capitales y los veniales. El robo es un pecado capital. Y también la mentira… pero ¿la deslealtad? ¿Por qué no constaba entre los siete pecados mortales? ¿O es que a Moisés se le había acabado el espacio en la tabla?

Se levantó con unas ojeras profundas, el rostro ceniciento y un hálito de hiel, y no pudo menos que encarar a Ima, que ya estaba preparando un mate.

—¡No sé qué es peor, si el robo o la lujuria! —soltó, echando chispas por las pupilas como una demente, mientras enarbolaba los calzones de su hermana.

Ima se quedó paralizada, con el rostro desencajado y blanco como un papel.

—¡Mentiste, robaste, FORNICASTE! ¡Por todo eso te vas a ir tres veces al infierno, hermana! —continuó la Fina—. Ahora hablá y decime qué hiciste con el anillo de mamá. ¿Se lo regalaste a tu Fulano? ¿para pagarle por los servicios?

Ima no respondió. Se encerró con llave en su cuarto y no salió durante largo tiempo. Sí, salió en cierto momento, como una tromba—se corrigió la Fina cuando narraba la historia—, para agarrar la botella de licor de anís de la cristalera y encerrarse otra vez. Y al cabo de horas, cuando la Fina tenía los nudillos doloridos de tanto golpear la puerta, la otra salió al fin, medio borracha, y le dijo:

—¿Querés saber dónde está el anillo? ¡Vení, te lo voy a mostrar!

Cruzó el patio a los tropezones, en dirección al excusado. Abrió la puerta, extrajo la joya de su bolsillo y le dijo a su hermana:

—Buscá tu anillo ahora—y lo dejó caer en el negro y maloliente agujero.

Los días siguientes a este evento quedaron un poco confusos en la narrativa de la Serafina. Parece ser que las hermanas no se hablaron más. Y que Immacolata solo abandonaba su cuarto para ir a la sala como perro apaleado y mandarse unos tragos de licor de anís de una botella nueva y volvía a encerrarse. Que en ese par de días se había bajado una segunda botella que contiene un treinta y cinco por ciento de alcohol, dicen, aunque la Fina aseguraba que ese tenía más. Y que cuando la finiquitó, la puso en el tocador con una vela encima.

Lo que sí quedó claro es que, el tercer día, en una tarde lluviosa, Ima empacó sus cosas y desapareció, dejando solo un mensaje:

La envidia también es un pecado capital. ¡Nos vemos en el Infierno, hermana! El anillo era para mandar a hacerme un vestido blanco. No importa. Me caso de negro.

Afuera, la lluvia caía con un rumor de aplausos.

La Fina armó un servicio fúnebre simbólico, porque, para ella, dijo, su hermana se había muerto.

En cuanto al malhadado anillo, cuenta que buscó una linterna y se armó de un palo con un gancho en la punta. Todavía estaba intacto brillando en la superficie fecal. En minutos ya lo había rescatado.

 —Vendí el anillo a mi vecino—contó la Fina—pero la plata no alcanzó ni para este velatorio. ¡Y eso que no es de cuerpo presente!

 —¿Y no te dio… asco, revolver en el excusado? —preguntó mi tía.

 —No, no. Al final, era mierda nuestra, no una cualquiera.

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Acerca de la autora: Rita Wirkala, escritora argentina residente de la ciudad de Seattle, escribe novelas, cuentos, poesía, crítica literaria y libros de texto. Sus trabajos han sido publicados en Estados Unidos y en España, y han recibido excelentes reseñas literarias. Su novela El encuentro ha sido finalista en el International Latino Book Award; y su versión en inglés, The Encounter, en Books into Movies Award. Los huesitos de mamá y otros relatos es su primera colección de cuentos, inspirados en personajes y eventos de su pueblo natal en la pampa Argentina. Más información en su página de autora: www.ritasturamwirkala.com

 

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